Infinidad

El usuario de Internet, no tiene límites dijo Michael Smith, Media Management Center de Northwestern University, refiriendose a lo mucho que busca cuando busca el actor de Internet –y no internauta, como prefieren Francis Pisan y Dominique Piotet, en “Cómo Internet cambia el mundo”-, y lo cual no es más que consecuencia de lo que sabe que puede llegar a encontrar. Uno de los obligatorios recorridos diarios por la web –viendo mi página de Netvibes- me llevó agraciadamente a Soitu.es, un dinámico portal informativo, que ofrece su respectiva pestaña dedicada a Vida Digital. Y otra vez, de manera más que agraciada y más que obligatoria, terminé leyendo a Juan Freire, en su blog ultra connotativo “Piel digital”. De las múltiples actualizaciones que ofrece, hoy destaco “Medios digitales y aprendizaje informal en los jóvenes” que refiere a lo que sabemos, más en nuestro país. La brecha entre la realidad existente, con la más que poblada utilización de herramientas digitales y la visión pesimista sobre tal realidad. Esto, incide causalmente en quienes son sus usuarios más potenciales y frecuentes, otra vez, nosotros, jóvenes. Entonces, el planteo coherente es cómo hacer que lo real y concreto de la implementación de tales herramientas digitales se aplique de modo eficiente como estrategia educativa. Si no pueden contra ellas –alta ridiculez- poténciate, compleméntate, abúsate de ellas. Por experiencia propia, por experiencias que me apropié, sé que cuesta que docentes y profesores y ciertos alumnos, anclados en el clasicismo/comodismo de sus clases traspongan la brecha digital, y articulen sus clases con herramientas de la galaxia web. Aquí se revierten los roles. Hay una bieducación, los de arriba, cumpliendo su deber, los de abajo exigiendo nuevas formas de cumplir el deber, para que se convierta, en placer, enseñando qué hacen en el resto de sus vidas. Los alumnos sí exigen, sí reclaman dinamismo, sí ansían catedráticos entusiastas, prometedores, activos, activadores. Los alumnos no necesitan que le recuerden lo mundano de su vida digital, sino todo lo contrario. Desean que le sea útil y que se erija como su gran descubrimiento epistemológico. Y sin embargo, seguimos estando lejos. Ciertos adolescentes, (porque también es una realidad, la carencia de buena parte de ellos) ingresan a sus aulas -concientes de la falta de infraestructura- con un alto grado de desarrollo virtual y se enfrentan a quienes, si pueden, darán clases, escucharán sus problemas, tratarán de calmarlos y de nivelar el desarrollo de la misma. Por ende, es cierto que muchas ideas sucumben, por la cuasi gastada situación burocrática, económica y de oportunidades, pero es más cierto aún que muchas ideas sucumben ante espíritus anquilosados de alas y ojos. La web ofrece tanto, desde lo más inhóspito como enviar mails, crear un blog, realizar publicaciones allí, hiperlinkear los post, hasta creaciones que nos parecen ultras lejanas al estilo Wesch, o prometedores proyectos vía Facebook que lleven a las redes sociales a su uso más óptimo y productivo. ¿Cómo desperdiciarlo? ¿Cómo darle la espalda? O, en todo caso ¿Por qué darle la espalda? Freire analiza las conclusiones extraídas del Digital Youth Research(‘Kid’s Informal Learning with Digital Media’), una proyecto concretado luego de tres años de trabajo, de un grupo de 28 investigadores de las University of Southern California y University of California, Berkeley, liderados Peter Lyman y Mizuko Ito. Se trata de una “investigación etnográfica de las culturas de conocimiento innovador” y fue subvencionado por la Fundación MacArthur que hace también tres años, destina 50 millones de dólares al financiamiento de trabajos de esta índole, en el marco de su Digital Media and Learning Initiative. La cuestión es que este estudio cualititativo hizo hincapié en los cuestionados adolescentes, en su vida virtual, en la implicancia poderosa que ésta tiene en su vida ¿común y corriente?, en las recurrentes contradicciones con los adultos -conservadores-, contra esa realidad concreta que le exigen que viva. Pero, al fin, estos investigadores se “tomaron a los adolescentes en serio” y estudiaron su nativa digitalmente, cultura, dividieron el análisis en herramientas, tipos de conocimientos y redes y utilización de los medios sociales y su implementación en el aprendizaje. Se desarrollan en dos comunidades, “locales o de amigos”, comunidades íntimas, de su circulo, donde merodean con frecuencia, para arreglos cotidianos, y redes de interés, de alcance mundial, donde imperan otros propósitos. Los géneros de participación en los que se desenvuelven los adolescentes son: “’Hanging out’ es el comportamiento de los usuarios que utilizan mensajería instantánea y redes sociales para estar en contacto, sin un motivo específico, con sus amigos. ‘Messing around’ es una práctica próxima a la anterior, aunque ya más elaborada, en que los jóvenes se dedican a buscar información online y empiezan a juguetear o hacer bricolaje (‘tinkering’) con los medios digitales de forma experimental y sin objetivos específicos. ‘Geeking out’ es la práctica que supone un uso más sofisticado de la tecnología y que permite a los jóvenes apropiarse de los medios digitales. Con este término, el informe del proyecto define la capacidad para utilizar los medios y la tecnología de forma intensa y autónoma, motivada por los intereses de los propios usuarios, y no ya con un objetivo de socialización. A esta altura, es imposible evitar que lo digital no solo traspole el ámbito educativo, sino que lo integre y potencie, lo active y diversifique. “Combatir el mal es el origen de todo placer y hasta de toda diversión”, apuntaba Chesterton en “La taberna errante”. Acá, hoy, lo malo es el miedo a la maldad intrínseca de las revoluciones digitales basada en un absoluto y pronunciado desconocimiento que impide su potencial explotación. El desafío de demostrar que se puede, experimentar con las multitudinarias y creativas herramientas existentes, cuestionarlas, contraponerse al esteticismo de la formalidad, es toda una fiesta. Doy fe sincera y real de lo bien que me ha hecho la educación no formal –gracias Alejandro, gracias Internet- y de cómo ha abierto mi universo. El desafío es atreverse a una reeducación, a la metamorfosis, y a más rupturas. Por un lado con la concepción de una única y concreta realidad, asumiendo la punzante existencia de otra virtual, con multitudinarios estímulos. La ruptura con los convencionalismos y los métodos tradicionales de relacionarse con el otro –que se modifican inherentemente y desde hace rato- y de educar, no desde la transmisión, sino desde la construcción colectiva de conocimiento, de “sabiduría de multitudes”. Y por supuesto, la ruptura con los comodismos que impiden el recorrido por un aprendizaje dinámico y diversificado. Implica un nuevo sujeto educador –padres y docentes- y en permanente reeducación. Implica como todo cambio, diría Juarroz, en “Algunas ideas sobre el lenguaje de la transdisciplinariedad”, un cambio en el lenguaje. Y si somos lenguaje y comunicación, y contamos con más palabras y más formas de comunicarnos, es evidente que seguimos siendo, pura metamorfosis. Finalmente, como dice la directora del Proyecto analizada por el biólogo apasionado con la tecnología, Mimi Ito, “Para seguir siendo relevantes en el siglo XXI, las instituciones educativas necesitan seguir el ritmo de los cambios rápidos que provocan los medios digitales. La participación de los jóvenes en este mundo en red plantea nuevas ideas acerca del papel de la educación.” Y lo demás…son sólo “patrañas”, porque de todos modos “digital media are changing how young people learn, play, socialize, and participate in civic life.”

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